Para los ejércitos todos la liturgia de los símbolos es consustancial a su propio ser o constitución y el lenguaje de la milicia resulta apelativo a las emociones.
Los ejércitos todos desarrollan un culto a la muerte y a lo que a ella se asocia como virtudes castrenses, tribulaciones, sacrificios y penalidades varias, a menudo codificadas en un repertorio de reglas de conducta honorable.
Ofrece poco margen de discusión que el símbolo supremo de toda milicia sea la bandera. Con su izado y arriado, toques de diana y retreta, se abre y cierra marcialmente la jornada. La bandera como mortaja, el rescate de la bandera en el campo de batalla , para que no caiga en manos del enemigo, al precio de la propia vida, el seguir al abanderado...
El mílite, como el marino o el torero, oficios de cercanía a la muerte, desarrollan numerosas supersticiones y conjuros proféticos, todos augurios del trance final. Los símbolos e imaginería son la prenda de enlace entre emoción y materia.
Este mediodía en Samil el desplome de la bandera en su izado despierta el augurio infausto de la caída del símbolo y de la posible caída de aquello que representa, tan temida y anunciada.