Observemos. Es la noche de los fieles difuntos Pongo un a modo de altarcito a mis fieles difuntos, padre y madre, presidida por una foto de estudio con sus galas nupciales, custodiado por dos cirios, rojo a su izquierda, blanco a derecha. La casa queda a oscuras sugiriendo recogimiento. El titilar o parpadeo de la luz de las velas se proyecta difuso, trémulo, espectral en el pasillo, creando la ilusión de movimiento, vida. Muertos vivos.
Algo más me inquieta, confunde y consuela. La idea de que la vida es la comunión de vivos y muertos meciéndose en el regazo del tiempo. Esa comunidad o comunitarismo trascendente, puente de paso entre las dos orillas de la laguna le da sentido al sinsentido azaroso del pasar los días y le brinda entrada y retorno, billete de ida y vuelta a nuestros deudos. Ese tributo de gratitud, pues se provoca, invoca, convoca la aparición, crea el primer nexo religioso, la repristinación de lo primigenio. El culto del domus a lo genesíaco. El primer culto a los dioses lares. Nuestros antepasados, que nunca acaban de pasar. Que SIEMPRE vuelven añosos.
Tiempo de Infamcia. Útero del que nunca se amanece. Água y Oscuro. Vida y Muerte de la mano. De la mano, girando la danza del Tiempo con las cabezas vueltas y la mirada en el Infinito.
XUR O'PONTILLÓN